Madame Du Barry, del lujo a la guillotina…

Su verdadero nombre fue Jeanne Bécu, hija de una costurera y un monje, y tuvo la suerte de tener una educación media, un estudio en aquél tiempo de tanto analfabetismo en Europa.
Dejó sus estudios por explorar el mundo y así se hizo aprendiz de peluquera y más tarde sirvienta, en un lugar donde al ver a personas de otros niveles aprendió a convivir y a comportarse en otras esferas, más tarde fue dependiente de una tienda y finalmente al conocer a un noble proxeneta entra en la prostitución, donde fue aprendiz aventajada de los placeres de la carne.
Fue presentada al rey Luis XV, que al verla se enamoró de ella olvidando su pasado y la hizo su amante favorita, como antes había hecho con Madame de Pompadeur.
Con su nuevo nombre de Madame Du Barry vivió en la corte protegida por el rey, el cual le hizo regalos millonarios que le cambiaron su modo de vida.
María Antonieta desde que supo su historia la rechazó, y solo una vez le dirigió la palabra presionada por su madre, la emperatriz María Teresa, y el propio rey Luis XV que era su suegro.
Cuando se enferma el rey de viruela y viendo cercano su fin, mandó a que no la dejaran en palacio, arrepentido a última hora de su vida licenciosa para pedir perdón antes de morir.
Tras la muerte del rey tuvo otros amantes, hasta que al caer en la vorágine de la revolución francesa fue acusada de evadir impuestos y de conspirar contra el estado.
Fue condenada a morir en la guillotina, y nos cuenta Lamartine en su libro sobre la revolución francesa, que de todas las mujeres que murieron en esas trágicas fechas, como Madame Roland, Lucile Desmoulis y la misma María Antonieta, ella fue la única que deshonró el cadalso como antes había deshonrado el trono, tuvieron que arrastrarla hasta la guillotina y todavía con la cabeza en el cepo rogaba por más tiempo, sus últimas palabras fueron:

"Todavía un minuto más, señor verdugo, os ruego un minuto más"

Mi opinión sincera es, aparte del poema y de su historia... que fue una muerte injusta, en verdad su delito fue su vicio, pero no cometió un crimen que mereciera el patíbulo, pero así de crueles eran esos tiempos, como así de crueles son las revoluciones, donde agitados por los acontecimientos se despierta la parte oscura del hombre y se cometen abusos en nombre de la libertad.

Y ahora mi poema...

Dejó en la historia una huella
de codicia en los extremos
y en los instantes supremos
donde el honor se atropella
porque sabiéndose bella
quiso escapar de ser pobre
en una forma salobre
que desbordó la medida
al enfangarse la vida
cambiando el cuerpo por cobre.

Tuvo el placer por divisa
en sus trabajos diversos
y palpó los universos
de la maña con la prisa
que prostituye en la risa
envolviéndola en la orgía
de un afán, de una porfía
que es mercado de placer
por ese modo de ser
que la conciencia extravía.

En lo inmoral se hizo fuerte
como el filo de un esguince
y así conoció a Luis quince
por un afán que pervierte 
por eso que da la suerte
en una hora fortuita
tal vez por ser la erudita
de una innoble preferencia
que le dio vasta experiencia
para ser la favorita.

Y todos fueron testigos
en la corte de esa historia
que vivía en la memoria
amplia de sus enemigos
que no cerraban postigos
para recordar quién era
una lacra aventurera
que rompía con el tono
de la etiqueta y el trono
con infamante manera.

Y así no fue una sorpresa
luego de morir el rey
que conociera otra ley
que al final todo procesa
y las acciones sopesa
como un natural edicto
que pone luz al conflicto
del alma en su inadvertencia
cobrando la consecuencia
que señala un veredicto.

Después otro golpe duro
llegó la revolución
francesa en la evolución
derribando el viejo muro
de un pretérito que oscuro
era un grito en la desgracia
culpa de una aristocracia
que nunca escuchó el gemido
de un campesino que herido
rompió el yugo con su audacia.

Y la Du Barry pagó
su avaricia en las prisiones
por nunca tener visiones
en el mundo en que vagó
y su brillo se apagó
por un hecho elemental
del mal que termina en mal
si no se le pone un freno
al vicio y al desenfreno
en una forma total.

La acusaron de mil cosas
de conspirar, de ser parte
del enemigo en el arte
de agresiones horrorosas
de acciones que tenebrosas
iban contra el hombre honrado
del pobre, del explotado
que conoció ese calvario
que hoy quedaba en el osario
de un agobiante pasado.

Fue condenada a morir
por una corte severa
que rompía su quimera
y aplastaba el porvenir
sin dejarla redimir
frente a un verdugo que presto
con el semblante funesto
bajó el filo con rudeza
para arrojar su cabeza
parpadeando sobre un cesto.

Ernesto Cárdenas.

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