Sobre la bondad del corazón. Prosa.

Hay almas que son afables, indicios de algo en sus actos, en sus naturalezas que les da estatura, que les da la virtud de ser benevolentes, que las aparta de lo común, de lo ordinario para entrar en ese espacio de la cordialidad que es un don, como una lógica del entendimiento a todas las criaturas por principios, por abnegaciones, por sensibilidades, por cuestiones espirituales que en la distancia solo son entendidas, solo son comprendidas luego de pasado el tiempo, después de un sacrificio personal que dejó un recuerdo en la memoria, en la reminiscencia colectiva de los pueblos, que necesitan un lapso, un decurso para observar la historia, para abarcar en toda su dimensión la marcha de los hombres por el mundo.

Hablo de personas que no son indiferentes a las penas, a los dolores ajenos, hablo de conciencias claras, de manos extendidas para ofrecer una ayuda, una solidaridad por voluntad sincera que no espera recompensas, hablo de la generosidad que se practica como un dogma, y por otras razones que nacidas del corazón hacen de la filantropía toda una satisfacción y toda una costumbre.
Hablo de la piedad, que es la manera de sentir, de compartir angustias y alegrías del otro ser para entenderlo, hablo de bondades incansables, de benignidades como las de Teresa de Calcuta, que durante más de cuatro décadas atendió con amor a los pobres y a los enfermos,
De Mahatma Gandhi, que por medio de la resistencia pasiva enseñó un camino para luchar sin herir, hablo de San Francisco de Asís, que tenía por hermanos a todas las formas de vida que Dios había creado, desde las plantas hasta los animales, de Siddhartha Gautama, más conocido por Buda, que siendo príncipe y ver las miserias humanas, repartió su riqueza entre los pobres para ser uno más, y de otros sin nombres conocidos, que desde la oscuridad de sus quehaceres, sin ser conocidos y sin preocuparse por ello, hicieron de la compasión toda una cruzada.
Y esas almas, esas mansedumbres existen todavía, y me agrada pensar que es así, para tener la obra de Dios positiva y siempre presente, como un retazo de luz al final del camino y como una esperanza para los indulgentes.
Y para concluir, escribiré algo de Víctor Hugo, algo que cuando leí por segunda vez su mejor obra, Los miserables, me impactó por la misericordia del obispo Myriel, que al recibir en su iglesia a Jean Valjean y saber que era un exconvicto, le dio la bienvenida, para que este hombre amargado, con el pasaporte amarillo de los ex presidiarios, no se sintiera cohibido, y que entendiera simplemente que, por todo lo sufrido, por todo lo largo de su encierro, tenía el derecho sagrado de un trato justo, de un trato humano.

El capítulo siguiente lo saco del libro "Los miserables", un diálogo entre el obispo Myriel y el antiguo forzado:

"-No necesita decirme quién es —le dijo—. Esta no es mi casa, sino la de Jesucristo. Esa puerta no pregunta al huésped que llega si tiene nombre, sino solamente si tiene una pena. Usted sufre, tiene hambre y sed; luego es bienvenido. Y no me lo agradezca, no diga que lo estoy recibiendo en mi casa; esta casa no es la casa de nadie, excepto de aquellos que necesitan un lugar o un refugio. Yo digo a usted, al caminante: Esta es su casa más que la mía. Todo aquí es de usted. ¿Qué necesidad tengo yo de saber cómo se llama?. Además, antes de que me lo dijera, yo lo sabía.

El presidiario se quedó atónito.

- ¿De veras? ¿Sabía usted mi nombre?

—Sí —replicó el obispo—, su nombre es, hermano mío. "

Y con esto cierro este ensayo sobre la bondad, sobre ese sentimiento, esa sublimidad que es lo único que nos acerca a Dios para dormir tranquilos.

 Sé que muchos han sido traicionados al abrir el alma ante un necesitado, porque nunca falta el malvado aunque sea pobre, pero es bueno creer, pensar que hay almas generosas todavía.

Ernesto Cárdenas.

 

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