Ensayo sobre la envidia…

La envidia es sentirnos incapaces, incompetentes para estimular un objetivo; es contemplarnos disminuidos, inhabilitados para la altura, es ver a otro desde abajo, desde el fondo donde se especula sin luchar, donde se curva el razonamiento para esquivar la realidad, para ignorar la mengua de nuestras debilidades, de nuestras impotencias para alcanzar un logro.
Todos nacemos con un don; cada cual tiene sus modos y sus artes para destacar en algo, solo es dar con esa cualidad, descubrir  esa habilidad que nos realce, sea cual sea para alcanzar la cumbre del respeto ajeno, de la admiración ganada con nuestro dominio de un atributo personal y propio, sin tener que desear la esencia, la suerte del otro.
Cuando se tiene carácter y amor propio, se tiene la base para caminar la existencia sin prejuicios, sabiendo que hay cosas destinadas a ser como son, a quedar como están por mucho que se anhelen; las alas son una gracia especial no se consiguen, no son formas que se alcanzan con un deseo, ni con una batalla, simplemente se nace con ellas.
La envidia es la cautividad del espíritu y de los criterios, es la usurpación de los valores, de la voluntad para el recato propio, para realizar esas cosas que nos dan calidad, que nos dan títulos de luces y de alternativas para un sueño.
Quien envidia pisa cristales en su marcha, pierde la estimación personal con pensamientos nocivos; quien envidia se cancela, se hace inepto para un empeño, se revoca a sí mismo la esperanza, se orilla, se inclina a la sombra por los celos, duda de su propia fuerza ante otro ser, que con maña o con talento lo hace sentir como un idiota.

En la Biblia, en Proverbios 14:30 dice que “El corazón apacible es vida de la carne, más la envidia es carcoma de los huesos”

Aristóteles, que como todos sabemos fue un filósofo, dijo una vez que “La envidia es la tristeza que se produce en nosotros por el bien que recibe otro”

La misma guerra de Troya comienza por la envidia de Paris por Menelao, todo por la belleza de Helena, la cual costó ríos de sangre.
 
Al matemático griego Hípasos, un día le preguntaron sus discípulos cual era la mejor norma de su conducta, y solo dijo “No hacer nada que alguien pueda envidiarme”
 
Y hasta hay envidias colectivas, pasiones de grupos que no aceptan el triunfo ajeno y van por la destrucción de otras entidades sociales que están mejor económicamente, son las molestias de los desamparados, de los mendigos contra los ricos, y de ahí nacen las revoluciones.
 
Y sobre esto dijo Eurípides “ He observado que los pobres inclinados a la envidia son engañados por los discursos de líderes perversos”
 
O sea, que esto de la envidia es legendario, viene tal vez desde la prehistoria, desde la remotés de pretéritas edades, cuando el troglodita menos apto envidi
ó la caza del otro cavernícola que tuvo mejor suerte ante un venado.

Quien envidia pierde el equipaje para una perseverancia, se le fuga el tino, el juicio para un ansia; quien envidia se acorrala en la fragilidad, en el exiguo mundo de lo insignificante; quien envidia pone luto en sus acciones y negocia con lo escueto, confiscando su mañana y su horizonte.
La envidia rompe el entusiasmo y neblina la conciencia, porque en vez de batallar criticamos, en vez de emular censuramos, en vez de tener bríos murmuramos, nos quejamos.
Y en ese laberinto, sin abrir más puertas, incinerados en complejos y amarguras... se nos van los años.
 
Ernesto Cárdenas.

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