Miguel Ángel Buonarroti …



La piedad, obra de Miguel Ángel Buonarroti …



Existió en su tempestad... fue más de uno
en su vigor fecundo y su entereza
nadie lo rebasó, no hubo ninguno
en siglos que rozara su grandeza.

Inspiración, soberbia, fue ese inmenso
torrente de ansiedad que nada sacia
el nervio, fue el relámpago en lo intenso
de un clamor de la cima y de la audacia.
 
De un apurar lo vasto en ese todo
de abortar en la piedra lo elegante
combate para un fin, para ese modo
de esculpir un gran sueño delirante.
 
Detrás de una pasión de lustre y magia
de instintos infinitos, temerarios
en pos de esa inquietud que se contagia
con olas de caprichos incendiarios.
 
Su meta en lo excelente fue esa ciega
pasión para lo bello que redime
robusta reacción para esa entrega
enorme que se acerca a lo sublime.
 
Buscó lo magistral, buscó el efecto
el modelo absoluto en sus porfías
logrando en su labor eso perfecto
que arranca de la piedra poesías.
 
Su orgullo permanente era el aliento
de un terco corazón que no enmascara
el placer tras la forma, el firmamento
que alcanzaba en un mármol de Carrara.
 
Y así también tocaron la pintura
sus dedos que seguían lo intachable
tal vez en ese esmero que conjura
el afán con la magia y lo admirable.
 
La capilla Sextina y aquél juicio
final tras un reto sobrehumano
fue un tesón, un asombro en el indicio
de un fervor que rozaba con lo arcano.
 
De la luz contrastada en ese intento
de pintar la esperanza y la tragedia
razón para un extremo, un argumento
que abruma desde arriba y nos asedia.
 
Pintó la fe en los rostros, pintó el miedo
la mueca del espanto sin la calma
el hundimiento lento en ese enredo
confuso de pavores en el alma.
 
Para una redención, para ese interno
dialecto de la voz de la conciencia
drama severo en el conflicto eterno
que oscila entre el delirio y la demencia.
 
Así triunfó su espíritu indomable
por sobre el tiempo que lo ató a la gloria
para alcanzar así lo inmensurable
y brillar como un sol para la historia.
 
Ernesto Cárdenas.

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