La ternura... prosa...

La ternura es el murmullo de las olas y el lirismo de los actos, es lo ideal y es la elegancia, donde el perfume como un velo flota sobre lo eximio, sobre la paz que inclina nuestro ser a lo divino, al estremecimiento de las pieles y a ese poema de adentro que le canta al universo.

Y nada se compara a esa emoción, a esa vehemencia que tiene mucho de caricias y de sedas, a esa religión del espíritu que parece extremarse hasta la fascinación, hasta la revelación exacta del éxtasis y del milagro.

La pasión es el otro polo, un complemento secundario que evoca la brasa, que exterioriza los aspectos, una realidad que es común en el hombre y en la bestia, porque nace del deseo, de ese desboque del instinto que toca lo irracional y los excesos, pero la ternura… la ternura es la apacibilidad, es el cariño afable y el encanto, es el beso suave y es la magia, la ternura es cordialidad, dilección y es sutileza, y es por naturaleza propia el testimonio y la corroboración exacta de que se tiene predilección, voluntad de amar bonito y sobre todo corazón.

Aunque no se debe culpar a los que ignoran esa particularidad, esa distinción de los sueños y los mimos, esa suerte de sentir que nos levita, muchos no son culpables de nacer sin alas, sin esa bendición que los rebose y los lleve hasta el asombro, porque la ternura no es una puerta, una línea que se cruza, un simbolismo que se abraza, la ternura es el hechizo, la delicadeza y el suspenso, y con eso se entra al mundo, o se toma el otro atajo de la especulación y el pragmatismo, donde lo interior es escarcha, hastío y parte indiferente de una sombra.

La ternura es un privilegio, una razón que solo entienden aquellos que saben conmoverse hasta las lágrimas, aquellos que no pierden la ilusión ni la esperanza y comprenden el misterio de las almas y de los nidos.

Ernesto Cárdenas.

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